Nota Editorial

Bienvenido a Observatoria. Esto está sucediendo por primera vez, para vos en este momento.

     Uno nunca termina de saber donde termina. No, no quieras saber donde termina, porque no termina. Nunca termina. Sitios y más sitios se abren todo el tiempo. Podés leer Clarín y ver imágenes porno de Pamela y Tommy Lee. Podés chatear con un bisexual en Sri Lanka o discutir la guerra de Kosovo con el vecino de la otra cuadra. Podés hacer preguntas y que te contesten en la esquina de tu cama. Podés crear tu propio fans club Es inabarcable. Cliqueás en el mismo instante en el que un tipo en Pakistán pone el dedito en el mouse y los dos se encuentran en el mismo lugar, comparten un espacio virtual. Después te vas. Ahora chateás con un fulano que vive en Perú. Interactuás. Podés mirar. Podés escuchar. Podés enviar tu mensaje al mundo. Podés no sentirte tan solo. Esto es internet. Una caja china que encierra espacios dentro de espacios. Millones de páginas para visitar. Cliquear y cliquear, mientras el teléfono corre. Aquí las cosas suceden con inmediatez. Que modernos. Podés comunicarte. Aprender. Bajar cosas interesantes. Podés estar “conectado.” Y Podés visitar Observatoria. Haces click en la fotito y lees la nota que vos quieras. Eso está sucediendo para vos, por primera vez, en este momento y de manera irrepetible. Si sos de otro lado podés conocer algunos barrios de Buenos Aires. Si sos de acá podes enterarte como los vemos nosotros. Podés leer notas de todo tipo. Críticas de películas, libros y discos. Podes entrar y salir cuantas veces quieras. Podés bajarla a papel si te gusta sentirla entre los dedos. Podés no leerla entera sin sentirte culpable porque te gastaste cuatro mangos. Podés revisitarla. Podés recomendarla sin hablar. Podés cliquear hasta el amanecer. No ocupa lugar físico. No pesa. No implica un gasto extra. Bienvenidos a Observatoria.

                Sol Drinkovich


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