Otra vez los Redonditos de Ricota
El infierno debe seguir encantador
Por mi nota sobre los redondos aparecida en el número 4 de esta revista, me han acusado de patán, de reaccionario, de facista, de resentido, de viejo vinagre y hasta de puto (que nunca parece estar de más). Incluso mis compañeros de redacción pusieron reparos al momento de publicarla, aunque finalmente optaron por dejarme expresar, y lo considero atinado. La cuestión es que todavía hoy, meses después, me siguen llegando mails de lectores en respuesta y en protesta. A pesar de los términos utilizados en algunos casos, debo reconocer que casi todos han sido bastante respetuosos, y lo agradezco.
No cambié de opinión respecto de la violencia demencial de las bandas ricoteras. Muchos me han señalado la cuestión social y, claro, tienen razón, pero tampoco fue mi objetivo hacer un tratado de sociología. En fin, muchos se sintieron aludidos y buscaron justificativos diversos para esa violencia; justificativos que no pude evitar atribuir a la resignación: muchos ricoteros civilizados se resignan a coexistir con ricoteros propios del zoo. Otros me dijeron con muchas palabras lo que podría resumirse en un “no es para tanto”. Pues bien, sigo creyendo que sí es para tanto.
Cuando las aguas empezaban a aquietarse, los redondos tocaron de nuevo. ¿Fiesta? Todos nos enteramos de lo que pasó en Mar del Plata, no voy a ponerme a hacer recuentos ni a decir que el grupo sigue saliendo en policiales. ¿Qué quieren que ponga esta vez? ¿Algo así como “ricoteros, por favor, dejen de darme letra”?
Realmente, aunque lo intente, me cuesta tomar este tema con demasiada seriedad. ¿Cómo hacerlo cuando un fan del grupo que fue arrojado de un tren en movimiento por sus propios camaradas declara orgulloso (¡orgulloso!) a Clarín ‘no me arrepiento de nada, sólo lamento no haber llegado al recital’, desde la cama de un hospital en el que está internado con lesiones graves?
Los seguidores de Patricio Rey van evolucionando (a su manera, desde ya). Trascendieron las cámaras de Crónica TV para lograr la tapa de los principales matutinos a fuerza de salvajismo. Ahora también se pegan tiros y se arrojan de los trenes. Hasta podría resultar fantástico descubrir que los violentos han decidido eliminarse entre ellos. Pero “eliminar”, qué palabra funesta en la historia de nuestro país.
Una vuelta un conocido me decía que las canchas de fútbol son hoy lo que antes eran los campos de batalla. El fútbol es la guerra continua de nuestro tiempo. Algunos buscarán deporte, pero otros tantos buscan descargar furia, ira, desazón, frustraciones tan propias de nuestra sociedad, bajo banderas de colores. Y ese ámbito de contienda está avalado por los poderes de turno. Siempre. Otorgan el Pan y Circo de los romanos (aunque el pan últimamente esté faltando).
Y el clima de los redondos, ya lo puse, es clima de cancha. Está avalado por todos. Por los Redonditos de Ricota, que siguen tocando la guitarrita peposamente mientras sus fans se asesinan; por la policía, que traidora espera agazapada para repartir palazos a justos y a pecadores; por las bandas, que siguen creyendo tener aguante; por el público normal que se resigna a asistir al zoo; y por los poderes políticos a los que, palabras más palabras menos, les conviene que la juventud esté drogada, encerrada en el circo, y eliminándose a sí misma con ayudita policial.
Vuelvo a lo del clima social que tanto se me ha recriminado no tener en cuenta. ¿Es bueno ese clima social? Si no es bueno, ¿quién va a cambiarlo? ¿Los nenes que juegan en las plazas entre caca de perro? ¿Los viejos que se desloman 25 horas diarias para no irse a pique definitivamente o que, en su defecto, están enquistados en tronos que les agradan?
Las huestes de Patricio Rey hacen mucha gala de bravura y energía para devolverle golpes a la policía o a uno que les cayó mal, y para gritar, sólo gritar, contra el sistema que los oprime.
El eje de la cuestión no soy yo con mis notitas, que mal y pronto sólo intentan reflejar la decepción y el punto de vista de otro ricotero. El asunto son los verdaderos dueños de la pelota, los mismos a los que las bandas les hacen el juego cada vez que, valga la redundancia, se desbandan. Si hay violencia hay represión y si hay represión hay violencia. La rueda dentada. Y hay horas perdidas, hay energía digitadamente mal canalizada. Sólo entiendo que ojo por ojo y el mundo quedará ciego, como me marcó otro tipo al que le guardo gran afecto. Y en el país de los ciegos el tuerto es rey. Cada ricotero salvaje es un ladrillito perfecto en la pared de Pink Floyd. ¡Vengan a matarse que pueden hacerlo!
No quiero resultar anacrónico con latas setentistas que no llevaron a ningún lado. Pero no hay mentira más grande que creer tener libertad de desición por poder elegir ir a descontrolarse o no a un estadio, gritar o no un rato y sembrar o no el pánico en alguna ciudad del interior.
Admiro su música, extraño sus conciertos como hecho artístico, pero ya no voy a ver a los Redondos. A medida que pasa el tiempo reafirmo que no es una cuestión de evitar riesgos, sino de preferir correrlos por otras cosas. ¿Realmente vale la pena arriesgarse a volver con un balazo en la mandíbula, o en el mejor de los casos tan sólo un poco apaleado, cuando todo el premio era presenciar un recital? ¿Subirse, literalmente, a un tren prolijamente violento cargado de bestias para ir a escuchar a un fulano que me habla de “tipos que soplan con el viento al rebaño y su temor”? ¿De qué estamos hablando? ¿Dónde está el rebaño? ¿Yo? Pero no, carajo, ¡si hasta tengo una remera del Che que pintó mi novia!
Todos somos juez y parte en esta historia. Yo no soy un comunicador social, ni un formador de opinión, ni ninguna de esas patrañas; pero me hago cargo desde donde puedo. Exaltado quizá, porque el tema me calienta. Porque sabemos que “ir a los redondos” no es sólo ir a escuchar música (o eso creíamos), porque se supone que Patricio Rey (esa entidad incorpórea pero tangible formada por las bandas) va más allá del chingui chingui de musiquita y luces montadas para escena (o eso creíamos).
¿Cuántos miles de almas hubo en Mar del Plata? El indio tiene un micrófono para cantar y también para hablar, pero no lo hace. Será porque “los chicos entienden”. Y los ricoteros, pase lo que pase, siempre parecen estar contentos revolcándose en la mierda.
Ahora, si resulta que los redondos son como Boca o como River, “una pasión desenfrenada que no responde a lógicas”, todo esto que escribo no tiene sentido. Entonces sí, yo acá y ustedes allá. Practiquen el culto de la autodestrucción, vayan y mátense que está permitido.
Texto: Federico Wiemeyer
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