Ushuaia - Tierra del Fuego
Un comentario turístico

Imagen de Ushuaia - Tierra del Fuego
1. En Ushuaia perros de raza andan sueltos por la calle. Un kubasz esponjoso y bien alimentado con el blanco pelaje ennegrecido inspecciona la basura del kiosco-choricería “Siglo XXI”. De tarde se tiende paralelo a la vidriera del Café de la Esquina, con las patas juntas frente al hocico. Por las noches va por las calles laterales y vacila frente a la entrada de las casas, como dudando de si le gustaría tener dueño.

2. Es invierno: amanece tarde y oscurece temprano. A las 10 de la mañana una capa de hielo recubre las veredas y en la avenida silenciosa un chico sale en remera a desempañar el vidrio de su local. En la hostería, según el alto propietario croata, el desayuno se sirve de 7 a 10. A las 7 es plena noche y la hostería está inmóvil, salvo por la ráfaga de aire caliente invadiendo las habitaciones desde algún secreto comando central. A las 9.45 la empleada de limpieza, de mala gana, recalienta un café para los pasajeros madrugadores. El alto croata aparece, recién peinado, en algún momento entre las 10.30 y las 11.

3. Las casas en Ushuaia se achaparraron, aunque muchas mantienen el tejado a dos aguas. Las ventanas pueden ser estrechas, esquivas, con tendencia a retirarse y descender: pero al mal tiempo buena cara, parece que dicen estas construcciones, y ofrecen contra la blancura una variedad de colores que chillan. El frío es hermoso en Ushuaia. Esto se sabe apenas salir del aeropuerto.

4. El tren del fin del mundo tiene un nombre con magníficas resonancias. En la práctica es menos ambicioso, y recorre siete kilómetros entre dos filas de árboles para llegar a una estación muy coqueta en cuya cafetería te dan a elegir: el sánguche; ¿lo querés en pan lactal o de hamburguesa?

5. Pusieron un reloj digital frente a la oficina de información turística. Mide en días, horas y minutos lo que falta para que termine el año y empiece el 2000. El día que lo conectaron marcaba 196 3 30. Para instalarlo viajó un especialista desde Buenos Aires. Como el vuelo de LAPA dura cinco horas y no te dan ni un panecillo, el especialista descendió en Trelew para hacerse de provisiones. Fue parte de una revuelta organizada por un enjambre de famélicos.

6. Bahía Lapataia en un día de junio, cuando todavía no nevó. Un paisaje íntegro y crocante de hielo sólo para el visitante del invierno. Pedazos de una botella quedaron congelados bajo un charco. Los conejos duermen en sus cuevas. O están espiando. El agua se presta a un oleaje rítmico y rebalsa sobre el granizo de la costa, y al zigzag resultante se le atreven algunas huellas de gaviota. “Se me congelaron las cañerías”, anuncia el encargado de la cafetería. No te estaban esperando en Lapataia a mediados de junio. O al menos no estaban muy convecidos de que vendrías. Pero te hacen sentar junto al fuego y te traen chocolate con ron.

7. 1.30am: en los casinos de Avenida San Martín está toda la gente que te cruzaste durante el día. La calefacción es exagerada. La croupier del black jack se parece a Natalia De Negri. Tal vez lo sea; Ushuaia se parece demasiado a un cofrecito de sorpresas, a un mundo igual pero cambiado, al otro lado del espejo. Afuera comienza la cellisca. Un simulacro de nieve se arremolina en torno a los faroles y pone blanco el piso de las calles.

8. La noche más larga. La ciudad más al sur. El punto más helado de la Argentina. El fin del mundo. En Ushuaia, es tradición festejar cada año el comienzo del invierno, la noche en que la ciudad está oscura por más tiempo. Esta vez el festejo será especial, porque es el último del siglo. Se iluminan de guirnaldas algunos edificios significativos, hay baile y show en el Polideportivo, y se monta un espectáculo de fuegos artificiales en la Bahía. Los fuegos artificiales están prohibidos en Ushuaia, por el riesgo de incendio que implica la abundancia de construcciones en madera. Pero por una vez.

9. Algo habrá un paso más allá de Ushuaia, como algo probablemente haya un minuto más allá del fin del milenio. Después de todo la Tierra es redonda y el tiempo es cíclico (o le pasa cerca). Sin embargo, la noción del “fin de siglo en el fin del mundo” es seductora. Por poética, al menos. Y turística, ni que hablar. Envueltos en una nube de misterio y turismo entonces los planes para recibir al nuevo milenio van tomando forma. Se espera una invasión de visitantes para los últimos días de diciembre. No se promete nada, pero se sugiere: los fuegos de la noche más larga son parte de la sugerencia.

10. Fuegos en la Tierra del Fuego: desde “la pasarela” que se interna en la Bahía de Ushuaia los fuegos de artificio resuenan, se elevan, estallan y se asignan posiciones de modo de cubrir el cielo negro y helado. Los que buena y bellamente se desenrrollan en las alturas dejan ver, de a momentos, los picos nevados de las montañas. Los rosados, más audaces, recorren en 3D y a una velocidad confusa un camino hacia la audiencia, que no sabe si tratar de huir o dejarse raptar por los marcianos.

11. La celebración fue un éxito, y todavía falta medio año para el fin del milenio. La pasarela al día siguiente: cartuchos de cartón, cables entrelazados, las cajas de Cadenazzi flotando inmóviles sobre el Canal de Beagle. Restos de la fiesta. Un pájaro enorme te observa desde un poste de luz y una chica europea pasa en bicicleta cargando una mochila. El día está más gris que nunca, y más frío, y más silencioso. Es el día de las elecciones para gobernador, y Ushuaia se lo está tomando con calma. A las 11 de la mañana está todo cerrado y no hay dónde desayunar, como no sea en el hotel más caro de la ciudad. Allí confluyen los turistas: los que viste en el restaurante, los que te cruzaste por la calle, los periodistas que vinieron a cubrir las elecciones. En los respaldos de las sillas se amontonan los abrigos y las bufandas. Un único mozo distribuye los cafés entre las mesas, confunde los pedidos, los olvida... aquí es el fin del mundo, ése es nuestro slogan, parece que te dice, o eso comprendés, y aprobás que así sea, y que un piso más abajo, en la calle, no haya nadie, y que tras el ventanal, en el puerto, ni uno sólo de los barcos se mueva.



Texto y fotos: Laura Wittner


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