Libro, disco y película recomendados

Libro: Música para camaleones, de Truman Capote


Truman Capote no estuvo tocado por la varita mágica de la literatura. Sin embargo fue un gran escritor. Un escritor de oficio, astuto, sagaz, forjado en la práctica constante.
     Periodista, novelista, gran lector, fue parte del movimiento periodístico-literario llamado “nuevo periodismo”, aquel que destruyó definitivamente los límites entre realidad y ficción a fines de los años 50. Su novela “A sangre fría”, de 1965, está considerada pionera del género.
     Nuevo periodismo. Eso es, muchos años después, el espíritu de “Música para Camaleones”: una colección de relatos adictivos, algunos basados en hechos reales, otros puras fantasías.
     Capote era hábil, conocía los secretos de la redacción y el rol que le tocaba jugar en el mundo editorial. Son textos en primera persona y todos giran en torno del mismo autor, como fragmentos de un estupendo diario íntimo.
     Conversaciones, turbias historias de vida de Nueva Orleans y de Nueva York, observaciones, anécdotas, pensamientos y derroteros diarios. Entrevistados que son personajes y personajes que son entrevistados. Buenos climas, buena técnica narrativa. Capote lleva, Capote se vende bien.
     Cautiva con un extraño reportaje a Marilyn Monroe (“Una hermosa niña”), confiesa su homosexualidad a los ocho años (“Deslumbramiento”), o atrapa con el seguimiento de una serie de crímenes (“Féretros tallados a mano”).
     Pero, y esto es lo mejor, genera envidia en el lector. Sopapea con sus experiencias mundanas. Como quien no quiere la cosa, en medio de otro relato, habla de sus estadías en Venecia, de sus viajes en el Orient Express, de sus frondosas amistades o de su primera llegada a Estambul.
     Tira sus propios datos de costado, como restándoles importancia, y ahí está la habilidad que dan los años de oficio: el lector queda pegado. Grandes historias están siendo contadas por un gran personaje, un fulano convencido y convincente de que fue el último aventurero de este siglo.
     Sería absurdo ponerse a discernir cuáles son los hechos verídicos y cuáles los ficticios en “Música para Camaleones”. Debe haber mucho de verdad y mucho de mentira, pero el resultado está logrado; a fin de cuentas todo libro encierra un gran engaño. Literatura de nuestro tiempo que merece, al menos, ser hojeada.
     Un último dato: lo mejor es el prólogo, a no saltearlo.

Federico Wiemeyer



Disco: Golosinas, de Pedro Guerra

Mucha gente se sorprende cuando conoce la pasión que generan Silvio Rodriguez, Luis Eduardo Aute o Joaquin Sabina entre los jóvenes de hoy en día, ya que estos músicos son más grandes y no hacen rock. Pero lo que apasiona es el cantar desde y para el amor en muchas de sus obras. Entonces la sensibilidad entra en juego: “Soy un chico sensible, escucho a Silvio, Aute y Sabina, porque las letras son bárbaras”.
    Aún así, nuestra generación nunca pudo encontrar su reflejo en algún prototipo que mezcle todos estos elementos con algo de un Fito Paez “bueno, que acaba de adoptar un hijo”.
    Hasta que una radio, FM 100, descubre la magia en un gran músico: Pedro Guerra. Entonces la búsqueda terminó. Los chicos y chicas sensibles ansiosos de escuchar una canción de amor sin avergonzarse encontraron su tesoro. Un jóven, no muy asociado a lo que la belleza convencional ordena en este fin de siglo, pero que canta lo que siente.
    Guerra, un tenerifeño criado en el Caribe, que vivió algunos años en Buenos Aires y que reconoce la influencia de Rodriguez y Paez, entre otros, acaba de sacar su tercer disco “Raíz”. El anterior había sido “Tan cerca de mí”.
    Pero vamos a encargarnos de su ópera prima, de ese crisol de estilos musicales que se llama “Golosinas”.
    “Llegué de París siguiendo un cometa porque en mi país no había cigüeñas” es la primera oración del primer tema del disco: “Biografía”. Y así sigue, con letras muy personales, muy sentidas. Con una guitarra que mezcla la técnica española con ese rasguño plagado de emoción, que tiembla en la garganta, que arma nudos en los lugares que creíamos imposibles de encontrar. Y por eso gusta, porque invade los sentidos, porque enarbola la necesidad de decir las cosas: “Canté para no aburrirme los domingos, canté y esa era la forma de sentirnos bien”.
    Después sigue “Dibujos Animados” y una declaración de amor sin pelos en la lengua: “Mi luz, mi corazón, mi pajarita, mi crayon, por verte fui dejando siluetas en las puertas” . Y así va, cantando la vida.
    Una de las cosas que hacen de éste un disco tan expeditivo es la certeza de estar escuchando una presentación en vivo. Está grabado íntegramente en un auditorio de Madrid, frente a un público que le otorga una espontaneidad asombrosa. Pedro presenta sus canciones con una pequeña reseña ó anécdota. Lo que hace todo aún más sencillo, porque no quedan lugares vacíos entre el interprete y el espectador.
    Además, la mayoría de las canciones están sólo acompañadas por una guitarra, y esa intimidad se refleja en cada tono de la voz, en cada silencio, y en cada aplauso.
    Las canciones son dulces, únicas. “Golosinas”, “El Marido de la Peluquera”, “Mujer que no tendré”, “Deseo” y “Contamíname”, entre otras, son una experiencia conocida, todos los que estuvimos enamorados alguna vez nos encontramos en cada pausa, entre verso y verso, tratando de continuar.
    Porque podríamos haber sido nosotros. Porque no hay nada raro ni innovador en la música. Pero no estabamos acostumbrados a cantar tanta emoción.

Ignacio Barbadillo




Película: Principio y fin, de Arturo Ripstein

Título: Principio y fin
Director: Arturo Ripstein
Origen: Méjico
Actores: Ernesto Laguardia, Julieta Egurrola, Bruno Bichir, Alberto Estrella y Lucía Muñoz
Duración total (atenti con los cortes): 188 minutos de sufrimiento
Año: 1993

El vía crucis de una familia burguesa a partir de que muere repentinamente el padre. Las esperanzas las ponen en Gabriel, uno de los cuatro hermanos. Para que él estudie y se transforme en una especie modelo de joven emprendedor capitalista, el resto de la familia se sumerge en las sombras, se h umilla, se sacrifica, se prostituye. Un virtual descenso a los infiernos de los otros tres hermanos le facilita a Gabriel el ascenso al Olimpo, en una suerte de sube y baja de pesadilla. Durante más de tres horas, Ripstein y Garciadiego (su mujer y socia cinematográfica) demuelen sistemáticamente los valores de tradicion, familia y propiedad. Destruyen esos tres axiomas, para construir la más bella película que jamás fue filmada a partir de esos escombros.

Diego Papic




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